El voladizo: un recurso o una obsesión?

August 16, 2015

 

Resulta interesante pararnos a reflexionar sobre cual es y ha sido estos últimos años el papel en la arquitectura del recurso estructural más recurrente en aeronáutica: el voladizo. A grandes rasgos, y para sorpresa de muchos, un avión no es nada más que un enorme voladizo sostenido por sus alas, convirtiéndose en un punto de apoyo gracias a la presión vertical del aire que les confiere su geometría y la velocidad del aparato; es decir, los dos extremos quedan sostenidos a muchos metros de su apoyo, y eso explica que sea en esas zonas donde se perciben más sus movimientos. 

 

Casa Kaufmann (o casa de la cascada) se encuentra en Bear Run, Pensilvania. Fue construïda entre los años 1936 y 1937.

 

Hace algunos años seguramente nos habría costado más entender esta analogía tan senzilla, justamente porque la arquitectura estaba lejos de hablar en estos términos, y técnicamente ni siquiera rivalizaba con otras disciplinas más perfectas. El voladizo era, sin más, un recurso arquitectónico recurrente que se utilizaba para conseguir un control climático óptimo en las aperturas, acompañar la entrada de algunos edificios y ganar algunos metros más a la calle. Antes del 1900, encontraríamos muy pocos ejemplos de voladizos en edificios; en este sentido, la incorporación de nuevos materiales en la construcción durante la Revolución Industrial fue verdaderamente decisiva. El uso reiterado del hormigón armado hizo que el voladizo se extendiera como recurso arquitectónico del Movimiento Moderno y que algunos arquitectos de reconocida influencia, hicieran de este recurso su bandera.

 

Casa Kaufmann (o casa de la cascada) se encuentra en Bear Run, Pensilvania. Fue construïda entre los años 1936 y 1937.

 

El primero en elevar el voladizo a una categoría mágica, fue sin ningún tipo de duda Frank Lloyd Wright. En sus reconocidas casas de campo americanas, Wright apuesta por distinguir y prolongar los espacios interiores precisamente a través de volar generosamente las cubiertas planas y inclinadas en los puntos de encuentro con las fachadas. La ligereza que desprende su arquitectura es magistral y marca un punto y aparte en la historia; otros arquitectos habían planteado el vuelo en sus proyectos, pero ninguno lo había hecho con acierto y entusiasmo tan abrumadores. Fue justamenteel fuerte contraste entre esta ligereza ingrávida de las formas y el árduo peso de los materiales pétreos, fuertamente vinculados al territorio, que convirtió a Wright en una icona de referencia del Movimiento Moderno. 

 

Wright incorporó los voladizos en su arquitectura, porque entendió que las posibilidades que daba la técnica del hormigón armado debían aprovecharse como recurso expresivo y espacial. El armado en el hormigón le concebía la extraordinária propiedad de resistir también tracciones y esfuerzos elevados, en secciones relativamente esbeltas. Tanto es así, que se percibe un cierto exceso de optimismo en algunas de sus propuestas técnicas y existen determinados momentos en los cuales recorre al engaño perceptivo para poder transmitir su intenso anhelo de volar. Nos referimos a la conocida casa Kaufmann, donde los voladizos permiten colocar determinados espacios de la vivienda literalmente sobre la naturaleza del entorno, integrandose perfectamente en un un emplazamiento tan bonito como difícil. La ilusión magistral que transmite este proyecto se ve ligeramente frustrada en comprobar (solo a través de la visita in situ), como la mayoría de losas voladas han deformado excesivamente ya a simple vista, o como la terraza principal sobre la cascada necesita de unos soportes inferiores en ménsula que muy pocas fotografías en los libros han querido reflejar. Unos soportes que permiten volar aún más, unos volúmenes que se perciben mucho más rígidos de lo que en realidad son.

 

Wright quería ir aún más lejos, y las imágenes que generaba su imaginación ponían a prueba hasta los materiales más modernos. Ho hay ninguna duda que ha pasado a la historia como un gran maestro en la utilización de la técnica y de los materiales; supo incorporar sólidamente a la arquitectura un recurso tan senzillo y eficaç como la losa de hormigón volada. El Movimiento Moderno continúa utilizando este recurso y se lo hizo completamente suyo. Se utilizaban voladizos como elementos del repertorio arquitectónico habitual y desde F. Lloyd Wright se convirtieron en piezas fundamentales de la composición arquitectónica; siempre, pero, considerándolos como una parte del todo, como un elemento de aportación cualitativa y nunca como una globalidad. En este sentido Mies y Le Corbu desde Europa utilizaron también de forma contínua la posibilidad de volar para dar continuidad a sus espacios diáfanos y aligerar aún más sus diseños. 

 

La sensación de volar, de no tener nada debajo de tus pies y de flotar en el aire, es aún hoy en día increiblemente mágica. Ya sabemos cuales son los trucos, conocemos sobradamente cuales son las soluciones técnicas concretas y en cada caso, cuales son sus limitaciones; pero la satisfacción de llevar la contraria permanentemente a la fuerza de la gravedad natural inspira una sensación de satisfacción y complacencia difícil de conseguir des del diseño arquitectínico. Tanto es así, que la mayoría de proyectos desde Wright han incorporado, interpretado y utilizado de alguna forma el voladizo como recurso catártico en sus diseños. Durante los últimos 10 años, en los que la arquitectura ha convertido muchas veces los edificios en objetos y puras sensaciones, se le ha dado la vuelta por completo al mensaje moderno de Wright hasta el extremo de confundir la parte con el todo,  convirtiendo el recurso en finalidad. El voladizo ha adquirido una importancia vital en la definición morfológica de la arqutiectura, consecuencia principalmente de una cierta tendencia icónica del diseño y de un contexto económico favorable a determinadas soluciones estructurales complejas. 

 

Edificio del Caixafòrum en Madrid de los arquitectos Herzog & de Meuron, construido el año 2008. Foto de Alvar Gagarin

 

Esta transformación se ha hecho en muchos casos magistralmente, como la Torre del Gas de Enric Miralles o el edificio CaixaForum de Madrid, de los arquitectos Herzog y de Meuron. Otros casos han sido mucho menos afortunados como el auditorio del Fórum realizado por estos últimos, o determinadas elucubraciones formales de Zaha Hadid de edificios más volados que estables. No hay duda de que todas las ideas pueden llegar a buen puerto, si estas tienen justificación y esfuerzo sólidos por detrás; este es el caso de plantear edificios donde su razón principal es la sensación de ingravidez que desprenden. Nos referimos a la Torre de Miralles como ejemplo claro de interpretacion genial de un determinado emplazamiento, confluencia de múltiples lenguajes, a partir de la utilización de una solución técnica compleja concreta. En este caso, el brazo volado del edificio desarrolla un papel de transición urbana más densa de viviendas de poca altura de la Barceloneta con los edificios altos corporativos de la zona de puerto olímpico. En cap cas es una solución fortuita.

 

En el el auditorio del Fòrum, en Diagonal Mar, los mismos arquitectos que en el CaixaForum de Madrid utilizan el voladizo con grandes maestrías por tal de integrar los accesos del edificio con la trama urbana existente, plantean el mismo recurso pero de forma más desafortunada, en no entender cual es el verdadero entorno del edificio; este hecho convierte la solución técnica concreta de volar muchos metros la caja del auditorio, en una mera ostentación técnica de los arquitectos (por otro laso resuelta de forma ejemplar). Cuando un recurso tan poderoso se utiliza de forma recurrente, sin una justificación intensa fundamentada en el entorno o la propia arquitectura, deja de ser elocuente para convertirse en reiterativo y costoso. La arquitectura, en el fondo, es el arte de administrar bien los medios técnicos conocidos para llegar a transmitir determinadas sensaciones a través de unos espacios, que sobretodo, deben responder a un programa específico. Cuando estos medios se administran mal o de forma claramente simplista, es cuando las cosas dejan de tenir sentido.  

 

Torre de Gas natural, de Enric Miralles, es un ejemplo de concepto diferente de construcción vertical. Fue construida entre los años 1999 y 2006. Foto de Alvar Gagarin

 

En el decurso de los últimos años parece que aquella idea romántica de voladizo sombrío de Wright que funcionaba de forma genial para las posiblidades que tenía la losa de hormigón armado, ha quedado del todo transgredida en descubrir que la técnica permetía realizar cosas mucho más atrevidas. Se ha producido, desde la Torre del Gas y muchos otros proyectos, una desfiguración de la construcción en altura y de la volumetría general de los edificios. Es como si de repente la arquitectura se hubiera visto alentada a romper contínuamente las leyes más racionales y primitivas de la bajada de cargas. Aquello que comenzó siendo la materialización de un anhelo, ha terminado convirtiéndose en una verdadera obsesión. 

 

Parecía hasta hace poco que no se podía llegar a ser nadie, sin haver construido un voladizo gigante. No importaba el contexto, los medios o la finalidad: se debía volar como fuera y como más, mejor. Esta obsesión ha permitido al mundo estructural de mejorarse constantemente y de resolver cada día más eficientemente los problemas que generan este tipo de soluciones. Des de la Torre del Gas, donde el voladizo queda resuelto con una enorme cercha metálica, hasta la Filmoteca de Cataluña, donde plantean muros de hormigón de gran canto, las soluciones técnicas son muchas y variadas, y cada día se pueden afrontar con garantías más convincentes. 

 

Pero no podemos olvidar ni un minuto, que el voladizo, por su naturaleza geométrica no deja de ser una estructura terriblemente isostática; es decir, depende integralmente de las dos reacciones que se producen en el apoyo, para garantizar su estabilidad. La mayoría de estructuras que se proyectan son hiperestáticas, y eso significa que aumentan considerablemente su coeficiente de seguridad en situaciones accidentales o de mala ejecución, porque disponen de soportes "redundantes" de cara a su estabilidad global. Los voladizos, no. Si se ejecuta mal la unión o esta deja de funcionar correctamente, el voladizo pierde su condición estable y colapsa irremediablemente. Esto no significa que las estructuras no puedan también de ser estables en un determinado momento, pero significa que para que esto pase, antes tendrán que confluir simultaneamente la fallida de muchos más puntos. Este hecho tiene una importancia relativa cuando hablamos de los voladizos que planteaba Wright, des del momento en que estos eran una parte del todo y se responsabilizaban de la estabilidad única de determinados espacios. Muy diferente es el caso que se plantea últimamente, donde el voladizo se responsabiliza de la estabilidad global de todo el edificio. Es en estos casos, donde el hecho de producirse una situación inversa puede multiplicar la responsabilidad de determinados puntos constructivos y paralelamente, su coste y complejidad. 

 

 

Auditori del forum de Barcelona d’Hergzog & Meuron. Fou construit per al Fòrum Universal de les Cultures de l’any 2004.

 

Hace falta enfatizar también cuales son las principales virtudes de los grandes voladizos (que las tienen y muchas) y utilizarlos correctamente en detrimento de sus inconvenientes. Por grande que sea una estructura volada, puede convertirse en favorable para un edificio en general si esta está convenientemente compensada; es exactamente lo que pasa en la Filmoteca de Catalunya de J.LL. Mateo o en el edificio del Dhub de MBM arquitectos en la plaza de las Glòries de Barcelona. El voladizo puede ayudar a compensar una luz central, por enorme que sea, siempre que se mantenga un cierto orden de proporciones; es decir, a grandes trazos, se contempla este efecto compensador si la volada orbita alrededor de un tercio de la luz interior. Así, podría llegar a ser interesante el hecho de incorporar grandes voladizos en la estructura de un edificio de grandes luces; todo se basa en una correcta distribución de las cargas, de cara a garantizar la estabilidad global. El problema de muchos de estos proyectos "icónicos" que comentábamos anteriormente, es el de siempre: una desconnexión entre el lenguaje arquitectónico y e conocimiento técnico, en este caso estructural. El problema real de muchos de estos edificios, ya no es una simple cuestión de resistencia de los materiales que componen la estructura, sino un simple problema de vuelco global. La resultante vertical final de algunos de estos edificios cae fuera del núcleo central de su base y, en consecuencia, genera tracciones en las cimentaciones. Una situación, cuando menos, nada iguales.

 

Ciertamente, las posiblidades técnicas están para ser utilizadas. Una prueba de esto, son los diseños aeronáuticos de los que hablábamos inicialmente. Las capacidades materiales están cuantificadas para poderlas agotar, manteniendo siempre unos determinados márgenes de seguridad. Pero todo esto, por sobre de todo, debería prescribirse únicamente en aquellos casos en que el contexto y principalmente la arquitectura lo precisaran, más allá de convertirse en una especie de peaje molesto impuesto en el subconsciente de los arquitectos. Peaje que, por imposiciónes del entorno socio-económico general futuro e inmediato y por agotamiento del abuso que se ha hecho en los últimos tiempos, acabará posiblemente afectando a un porcentaje mucho más minoritario de casos. 

 

*article publicat orginalment a la revista diagonal (ISSN 2013-6528 (versió digital /ISSN 2013-651X (versió paper)) per Albert Albareda Valls i Carles Pastor Foz

 

 

 

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